Aplausos

Pedí permiso para ir a tomar agua. El pasillo de la derecha me recibió con un silencio tan espeso que podía oír mi propia respiración rebotando entre las paredes. Las luces parpadeaban a intervalos irregulares, como si se negaran a revelar demasiado.

El suelo crujía bajo mis pasos temblorosos, pero había algo extraño en ese sonido… como si no fuera solo yo quien lo pisaba. Como si algo invisible me siguiera a cada paso.

Iba a girar hacia el bebedero cuando escuché un grito.

—¡Auxilio!

Era una voz sumida en el pánico, ahogada, como si viniera desde dentro de las paredes. No duró mucho. Se apagó rápido, como si alguien —o algo— la hubiera estrangulado antes de dejarla escapar por completo.

Me quedé quieta, intentando convencerme de que lo había imaginado por el cansancio.
Pero el eco insistió.
Y mis pies se movieron solos.

El sonido me llevó hasta el auditorio del liceo. La puerta estaba entreabierta, apenas una rendija por donde se escapaba una luz fría y parpadeante. Empujé despacio. El chirrido metálico me recorrió la espalda como una uña larga, despertando un escalofrío profundo.

Las butacas parecían ocupadas… pero no por personas.
Solo siluetas inmóviles, sentadas en una quietud perturbadora, con la mirada fija en el escenario.

Por un momento pensé que eran maniquíes.
Por otro, juré que algunas cabezas giraron hacia mí con una lentitud antinatural.

En el escenario, una figura sostenía un arma contra la sien de una chica arrodillada. Tenía las manos atadas. Temblaba. Yo también. Su respiración era corta y entrecortada, y en el silencio atronador podía oír mi propio pulso retumbar en mis oídos.

El disparo sonó sin previo aviso.

El sonido me atravesó el cuerpo. Cerré los ojos, pero el golpe seco de un cuerpo contra la madera me obligó a abrirlos. La chica yacía en el suelo, con los ojos abiertos… fijos en mí. Un hilo oscuro recorría su rostro y se perdía entre las grietas del escenario.

Y entonces… los aplausos.

Primero aislados.
Luego más fuertes.
Hasta llenar por completo el auditorio.

Giré la cabeza. Ahora había un público entero. Filas y filas de rostros sonrientes que juraría no estaban ahí antes. Algunos parecían deformes bajo la luz. Otros… conocidos. Reconocí caras que había visto esa misma mañana, pero no lograba recordar dónde.

El hombre del arma hizo una reverencia.
Nadie se movió para ayudar a la chica.

—Es parte de la función… —susurró alguien muy cerca de mi oído.

Me giré. No había nadie.

Cuando volví la vista al escenario, estaba vacío. No había hombre. No había arma. No había público.

Solo la chica en el suelo.
Y el charco oscuro, ahora más grande.

Tragué saliva y parpadeé.

De pie, junto a la puerta, el hombre me observaba. No había sonrisa en su rostro. El arma apuntaba directamente hacia mí.

Los aplausos comenzaron otra vez.

Y de pronto, el arma estaba en mis manos.

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