Después del silencio
Sentí su respiración demasiado cerca; podía percibirlo sobre mí. Su grotesco aliento rozaba mi nariz. Intenté forcejear, grité con todas las fuerzas que me quedaban, pero todos mis esfuerzos eran en vano. Seguía sintiendo sus pesadas manos sobre mis piernas. Quería que todo terminara rápido, quería morir ahí mismo; así, al menos, no tendría que soportar esta vergüenza y este temor que me consumían en esos instantes. Casi podía sentir sus colmillos desgarrándome por completo. Llegó el momento en que cerré los ojos… para siempre. Fue un vacío brusco, como si alguien hubiera apagado la luz de golpe. El sonido desapareció primero; luego el peso de mi cuerpo, luego yo. No supe cuánto tiempo pasó: en ese lugar no existían los segundos. Solo había una nada espesa que me sostuvo mientras mi mente huía. Cuando volví, el aire entró a mis pulmones de forma torpe, como si no recordara cómo respirar. Mi cabeza latía. El cuerpo me dolía, pero no de una forma clara; era un dolor difuso, ajeno. Seguía...