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Después del silencio

Sentí su respiración demasiado cerca; podía percibirlo sobre mí. Su grotesco aliento rozaba mi nariz. Intenté forcejear, grité con todas las fuerzas que me quedaban, pero todos mis esfuerzos eran en vano. Seguía sintiendo sus pesadas manos sobre mis piernas. Quería que todo terminara rápido, quería morir ahí mismo; así, al menos, no tendría que soportar esta vergüenza y este temor que me consumían en esos instantes. Casi podía sentir sus colmillos desgarrándome por completo. Llegó el momento en que cerré los ojos… para siempre. Fue un vacío brusco, como si alguien hubiera apagado la luz de golpe. El sonido desapareció primero; luego el peso de mi cuerpo, luego yo. No supe cuánto tiempo pasó: en ese lugar no existían los segundos. Solo había una nada espesa que me sostuvo mientras mi mente huía. Cuando volví, el aire entró a mis pulmones de forma torpe, como si no recordara cómo respirar. Mi cabeza latía. El cuerpo me dolía, pero no de una forma clara; era un dolor difuso, ajeno. Seguía...

El último susurro

Una tormenta de emociones me embriagaba. Todo lo que había reprimido durante años se disolvía en una sensación de liberación y pavor. Los recuerdos desaparecían, pero no mis pecados. Durante tanto tiempo había querido borrar cada súplica, cada grito, y ahora que lo lograba, me sentía vacío. No eran mis viles acciones lo que me perturbaba, sino la ausencia de ellas. Como si, al perder esos recuerdos, también desapareciera la persona que veía en el espejo. Imposible. Esas atrocidades no podían definir mi presente. Quise gritar desde lo más profundo de mi garganta, pero ni siquiera al deshacerme del pasado podría cambiar el futuro que me había trazado. Al menos yo no tenía a nadie, nadie que me deseara descanso eterno, como aquellos soldados a los que hice callar con su último aliento. Aunque, para alguien como yo, el descanso no era una opción cuando la Moira cortara mi hilo. Mis dedos acariciaron el mango dorado. Años atrás, había elegido esta hoja para él, para hundirla en su piel con ...

Volviste

Estábamos ahí. Solo él, solo yo, en aquella silenciosa oscuridad a la que tanto temía. Este silencio no auguraba nada bueno… De pronto, un gruñido gutural salió de su garganta, y un chillido escapó de la mía. Lo sentía cada vez más cerca, hasta que pude distinguir el putrefacto olor a animal muerto que se desprendía de su boca. No necesitaba abrir los ojos para saber que ya estaba justo frente a mí. Su aliento me rozaba la piel como una caricia enferma. Algo goteaba desde su boca… o tal vez era solo mi imaginación aterrorizada. Intenté moverme, pero ninguna parte de mi cuerpo respondió; era como si el simple hecho de tenerlo frente a mí me hubiera petrificado por completo. Sentí que aquella cosa se alimentaba también de mi voluntad. Entonces, una voz susurrante, rasposa y familiar resonó en las paredes como un grito desesperado: —Volviste. Abrí los ojos de golpe. No había nada. Absolutamente nada. Ni un cuerpo. Ni una silueta. Solo oscuridad. Pero el olor… Ese nauseabundo olor seguí...

Aplausos

Pedí permiso para ir a tomar agua. El pasillo de la derecha me recibió con un silencio tan espeso que podía oír mi propia respiración rebotando entre las paredes. Las luces parpadeaban a intervalos irregulares, como si se negaran a revelar demasiado. El suelo crujía bajo mis pasos temblorosos, pero había algo extraño en ese sonido… como si no fuera solo yo quien lo pisaba. Como si algo invisible me siguiera a cada paso. Iba a girar hacia el bebedero cuando escuché un grito. —¡Auxilio! Era una voz sumida en el pánico, ahogada, como si viniera desde dentro de las paredes. No duró mucho. Se apagó rápido, como si alguien —o algo— la hubiera estrangulado antes de dejarla escapar por completo. Me quedé quieta, intentando convencerme de que lo había imaginado por el cansancio. Pero el eco insistió. Y mis pies se movieron solos. El sonido me llevó hasta el auditorio del liceo. La puerta estaba entreabierta, apenas una rendija por donde se escapaba una luz fría y parpadeante. Empujé des...

El reflejo

Había terminado tarde un proyecto de esos que uno deja para última hora, pero aun así, había logrado mi ascenso a gerente de mi compañía. Acostado en mi cama, con las luces apagadas y la cabeza latiéndome del cansancio, decidí revisar por última vez mi celular. Sin embargo, al cabo de unos minutos, comenzó a fallar. La pantalla se encendía y apagaba intermitentemente, mientras un horroroso pitido proveniente del aparato martillaba mis oídos. Después de unos momentos, la imagen se congeló en un fondo negro. Pensé que era normal, alguna falla por los años de uso y quizá ya era hora de cambiar mi dispositivo. Aunque, claramente, nada de esto podía clasificarse como normal. Una imagen ensangrentada apareció en el fondo de la pantalla. Solo una frase se leía escrita en rojo que decia:“Cuidado con el espejo.” Y entonces, no pude moverme. Era como si algo —o alguien— me atara a la cama. Mi cuerpo se volvió una estatua. Escuché respiraciones justo al lado mío. Quise consolarme pensando que q...