Después del silencio

Sentí su respiración demasiado cerca; podía percibirlo sobre mí. Su grotesco aliento rozaba mi nariz. Intenté forcejear, grité con todas las fuerzas que me quedaban, pero todos mis esfuerzos eran en vano. Seguía sintiendo sus pesadas manos sobre mis piernas. Quería que todo terminara rápido, quería morir ahí mismo; así, al menos, no tendría que soportar esta vergüenza y este temor que me consumían en esos instantes. Casi podía sentir sus colmillos desgarrándome por completo. Llegó el momento en que cerré los ojos… para siempre.

Fue un vacío brusco, como si alguien hubiera apagado la luz de golpe. El sonido desapareció primero; luego el peso de mi cuerpo, luego yo. No supe cuánto tiempo pasó: en ese lugar no existían los segundos. Solo había una nada espesa que me sostuvo mientras mi mente huía.

Cuando volví, el aire entró a mis pulmones de forma torpe, como si no recordara cómo respirar. Mi cabeza latía. El cuerpo me dolía, pero no de una forma clara; era un dolor difuso, ajeno.

Seguía ahí.
Seguía viva.

Abrí los ojos, pero no sentí alivio. Solo una sensación extraña, como si algo dentro de mí se hubiera apagado para poder seguir existiendo. Mi cuerpo estaba presente, pero yo me sentía lejos, observándome desde un rincón donde el miedo no pudiera alcanzarme.

Pensé que desmayarme había sido una forma de escapar.
No lo fue.
Solo fue una pausa.

La vergüenza llegó después, lenta y pesada, adhiriéndose a mi piel. Quise convencerme de que no era mi culpa, pero mi mente no escuchaba razones. Me sentía sucia, rota, irreconocible. Como si algo me hubiera sido arrancado sin dejar rastro visible.

No grité.
No lloré.
El silencio se instaló en mí como una condena.

Porque nadie escuchó.
Porque nadie vio.
Y porque, aunque había vuelto en mí, algo dentro no regresó jamás.

Me levanté recogiendo lo que quedaba de mí, como quien junta pedazos sin saber si aún encajan. No volví a ser la misma después de eso… pero nadie lo notó. Seguí con mi vida. Caminé, hablé, sonreí cuando era necesario. Aprendí a fingir normalidad con una precisión que aún me asusta.

Pero por más que intento olvidar aquel episodio, las noches de niebla me lo devuelven todo. Cuando salgo a comprar y la calle se queda en silencio, siento una presencia detrás de mí. No necesito verla; mi cuerpo la reconoce antes que mi mente. Los recuerdos regresan sin pedir permiso, aferrándose a mi memoria como sombras.

Yo no dije que sí. Nunca lo hice.Y aun así, cargo con la culpa como si hubiera sido mía.

Sin embargo, hay algo peor que el recuerdo: darme cuenta de que el miedo aprendió mi nombre. Que vive conmigo. Que camina a mi lado cuando oscurece. Y que, aunque el mundo siguió adelante, yo me quedé atrapada en ese instante donde cerré los ojos… creyendo que no volvería a abrirlos.

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