El último susurro
Una tormenta de emociones me embriagaba. Todo lo que había reprimido durante años se disolvía en una sensación de liberación y pavor. Los recuerdos desaparecían, pero no mis pecados. Durante tanto tiempo había querido borrar cada súplica, cada grito, y ahora que lo lograba, me sentía vacío. No eran mis viles acciones lo que me perturbaba, sino la ausencia de ellas. Como si, al perder esos recuerdos, también desapareciera la persona que veía en el espejo.
Imposible. Esas atrocidades no podían definir mi presente. Quise gritar desde lo más profundo de mi garganta, pero ni siquiera al deshacerme del pasado podría cambiar el futuro que me había trazado. Al menos yo no tenía a nadie, nadie que me deseara descanso eterno, como aquellos soldados a los que hice callar con su último aliento. Aunque, para alguien como yo, el descanso no era una opción cuando la Moira cortara mi hilo.
Mis dedos acariciaron el mango dorado. Años atrás, había elegido esta hoja para él, para hundirla en su piel con el cariño que solo un hermano puede ofrecer. Podía ver su rostro en mi mente, sus ojos ingenuos, su risa idiota. Siempre pensé que su último aliento me pertenecería. Pero alguien más lo hizo antes. No titubeó. No dudó. No se detuvo a jugar con el filo del cuchillo como yo lo hacía. Solo… lo mató. Lo arrancó del mundo en un instante, como si su vida no valiera más que un suspiro. Me enteré cuando ya era tarde. Y todo lo que sentí fue asco. Asco de mí mismo. Asco de mi cobardía. Asco de ese miserable que terminó lo que yo nunca tuve el valor de empezar. Lo sostuve como siempre a una garganta, pero era mi garganta. Y dudé. Como dudé con él. Como dudé siempre. Pero esta vez no habría otro para terminar el trabajo por mí.
El cuchillo tocó mi garganta, y por primera vez, tuve miedo. No del dolor, no de la muerte, sino del silencio. Porque esta vez, cuando me cortara, no habría melodía que guardar. Solo vacío. Solo un eco de todo lo que ya se había ido. Mi voz… mi mayor temor era perderla, y ahora la entregaría con un tajo certero. Hipócrita, pensé, al recordar las gargantas que ya había desgarrado sin dudar.
Pero entonces mi mente viajó a mi noveno cumpleaños. El inicio de mi calvario. La primera vez que dejé de ser humano. Ese día, sin vacilar, le corté la garganta a mi madre para conservar su melodía para siempre, su dulce tarareo que en ese entonces se había convertido en crueles gritos. Su voz, junto con tantas otras, aún dormía en el cajón donde guardaba mis trofeos. No pude resistir más. Con un movimiento seguro, hundí la cuchilla en mi propia garganta. La luz se fue apagando… y con ella, mi última melodía.
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